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martes, 13 de enero de 2009

Tommie Smith y John Carlos: valentía y compromiso



1968 fue un año de movilizaciones civiles y estudiantiles a lo largo y ancho del planeta. Berkley, París, Praga y muchas otras ciudades fueron el escenario de importantísimas (e inauditas hasta la fecha) movilizaciones y reivindicaciones.
Nadie estaba exento de poder mostrarse comprometido con causas nobles y tomar parte como activista. Ni siquiera el deporte, tantas veces proclamado apolítico.

1968 fue también un año olímpico. Los juegos acudían en aquella ocasión a Méjico, la puerta de atrás del gran gigante norteamericano. Y fueron precisamente dos atletas norteamericanos los que hicieron historia en aquellos juegos.

Ambos eran los máximos favoritos para vencer en la prueba de los 200 metros lisos. Y ambos eran negros. Sus nombres: John Carlos y Tommie Smith.

En el tunel que les condujo a la pista, Smith y Carlos se aliaron para llevar acabo una protesta contra el racismo imperante en su país en el podio durante la ceremonia de entrega de las medallas. En la pista, Smith se impuso con autoridad. Carlos fue bronce, tras el australiano Peter Norman.

Pero la prueba atlética resultó secundaria. Lo que realmente dio la vuelta al mundo fue la ceremonia de entrega de medallas. Norman (blanco) accedió a participar de la protesta. Se puso una pegatina de oposición a la discriminación por razón de raza. La misma que llevaban los dos atletas afroamericanos. Pero la liturgia y el simbolismo de aquel acto de rebeldía no terminó ahí.

El puño derecho cubierto con un guante negro que Smith mantuvo en alto durante la interpretación del himno, simbolizaba, según ellos mismos explicaron después, el llamado “black power” en EEUU (uno de los principales movimientos reivindicativos de aquel 1968 en los Estados Unidos, junto con la oposición a la guerra de Vietnam). El puño izquierdo, igualmente cubierto, de Carlos, representaba la unidad de los negros americanos. La bufanda negra alrededor de su cuello simbolizaba el orgullo negro. Por último, los calcetines negros, sin zapatos, de ambos, eran símbolo de la pobreza de los negros en un Estados Unidos racista. Así, y con la cabeza gacha, en un gesto de vergüenza, escucharon los dos atletas el himno de un país a cuya pertenencia sentían todo menos orgullo.






Los valientes y comprometidos atletas pagaron cara aquella protesta. Incluso en el propio Smith, declaró en una célebre entrevista años después que temió por su vida durante la ceremonia: “Pensaba que me podían disparar con un rifle desde la tribuna”. Su revolucionaria y novedosa protesta fue muy mal recibida por el COI, cuyo presidente, Avery Brundage, encolerizó, les retiró las medallas y les expulsó de la Villa Olímpica.

Tampoco en Estados Unidos tuvo una buena acogida la actitud de Smith y Carlos. Ambos fueron acusados de antipatriotas y marginados tanto por su gobierno como por la sociedad de su país, que les marginó y reprimió. Sin embargo, en los últimos años, tanto Carlos como Smith han sido restablecidos y homenajeados y ocupan, hoy sí, el lugar que merecen en aquel país.




Bibliografía utilizada:



http://www.infoplease.com/spot/summer-olympics-mexico-city.html

http://www.marca.com/edicion/marca/firmas/santiagosegurola/es/desarrollo/1047258.html

http://articles.latimes.com/2008/jul/08/sports/sp-forty8

http://www.historylearningsite.co.uk/Mexico_1968.htm

http://www.smh.com.au/olympics/articles/2004/06/18/1089484304254.html

http://news.bbc.co.uk/onthisday/hi/dates/stories/october/17/newsid_3535000/3535348.stm

http://panchobaez.blogspot.com/2008/04/leyendas-olmpicas-tommie-smith-john.html

http://www.guardian.co.uk/commentisfree/2008/jul/09/olympicgames2008.humanrights

lunes, 12 de enero de 2009

Usain Bolt, el Rey de la velocidad

Si sobrevolamos el cielo veremos que el halcón peregrino es el ave que vuela más rápido a velocidades de 300 km/h. En la tierra y a 113 km/h corre el veloz guepardo, mientras que en superficie acuosa el que alcanza mayor velocidad es el pez vela con 109 km/h. Sin embargo, ellos no están solos. Desde este verano una nueva especie les está haciendo sombra. No tiene plumas pero vuela, ¿de que especie se trata? No es ninguna nueva, es humano y corre con las piernas. Natural de Jamaica, Usain Bolt, ha deslumbrado al mundo tras sus exhibiciones en el Nido de Pekin.


El atleta jamaicano comenzó a despuntar sobre todo en los 200 metros lisos. Ya en 2004 se convirtió en el primer atleta junior en bajar de los 20 segundos. En 2007, en su primer gran campeonato, los mundiales de Osaka, consiguió entrar en la final del 200 m y sacar una meritoria plata, en la que era su primera gran carrera. Sin embargo, este año el velocista solo sabe volar. Así, corriendo los 100 m, en donde su técnica no es, ni mucho menos, la más depurada, ha empezado a despuntar. Así rebajo en dos centésimas más la plusmarca mundial de su compatriota Asafa Powell. Un registro de 9.72 acorralando la barrera de las 70 centésimas. A pesar de todo ello, Bolt seguía sin ser un personaje conocido para el gran público. Le faltaba la rubrica de un gran escenario para conseguirlo. De hecho en el desplazamiento de avión para llegar a Pekín, nadie lo conocía ni lo paraba. En ese avión viajaba también el periodista de Marca, Santiago Segurola, quien afirmaba la perplejidad de la gente cuando les contaba que iba dentro de su avión la persona más rápida del mundo. Con sus cascos y sus ropas anchas, el negro giganton Bolt pasaba más como una estrella de la NBA que como un atleta. Aunque, indudablemente, su prodigioso físico era llamativo.

Y, los Juegos Olímpicos de Pekín han provocado el nacimiento de una nueva estrella mundial. No es tanto sus tres medallas de oro, sino la forma como las ha conseguido. En su primera final, la de los 100 m. lisos, se quedó el penúltimo en la salida y se paró diez metros antes de la meta para celebrar su sobrada victoria, consiguiendo un oro y un record del mundo con una marca para la historia: 9.69. Esta marca tiene un cariz más: lo hizo con un viento nulo a favor y en un estadio repleto contemplando una final olímpica. Más que el tiempo lo que ha sorprendido y sorprende a los espectadores que lo han visto ha sido su facilidad para ganar en una final olímpica: sólo corrió unos 40 m. al máximo: su penosa salida hizo que hasta casi la mitad de la prueba no llegara hasta la cabeza de la prueba, mientras que se dio el placer de celebrar casi parado sus últimos metros de la final. Esto no se había visto nunca en la historia. Todo el mundo tras verlo en repetidas ocasiones nos preguntamos si era un producto de la televisión o de ser verdad, corriendo a tope y con buena salida esta marca era el inicio de una serie de records. Si en el fútbol hubiera ocurrido algo parecido estaríamos viendo la serie de dibujos animados Oliver y Benji. Cosas así pertenecen a las ficción.









Con todos estos alicientes llegaba Usain Bolt a la prueba en la que más había destacado hasta 2008: los 200 m. lisos. Desde luego, era el gran favorito y las apuestas no iban encaminadas en si ganaría el oro, sino que se ponía en cuestión un record que se pensaba inalcanzable durante muchos años: el 19.32 de Michael Johnson en Atlanta 96. Después de contemplar su extratosférica carrera de los 100, con el gigante jamaicano todo era posible. Cuatro días después de su primer oro se ponía en marcha su otro gran reto: record mundial y olímpico de los 200 m. En la curva Bolt ya destacaba para enfilar la recta final en solitario y con una apabullante ventaja. Esta vez no paró para celebrarlo, sabiendo, incluso, que su ventaja era mayor a la que tenía contra sus rivales en los 100. Sin embargo, no luchaba contra sus rivales. Estaba peleando contra un mito. Los Juegos de Atlanta y Pekin se unían. Usain Bolt seguía empeñándose al final de la recta para superar a Johnson. Al cruzar la meta, 19.30, rebajándolo en dos segundos.

Después de esto sólo le quedaba ganar el 4 x 100 con Jamaica para cerrar su participación con otro oro.Los jamaicanos partían como grandes favoritos al oro y a la conquista de un nuevo record, que con el plantel Jamaicano no se les podía escapar: Nesta Carter, Michael Frater y Usain Bolt para la curva mientras que la otra estrella jamicana para entrar en meta era Asafa Powell. Nuevamente la superioridad jamaicana fue aplastante y se llevaron el oro y el record mundial con 37.10. La supremacía en la velocidad se trasladaba al sur de EE.UU, y su destino era Jamaica, ahora con el rey Bolt al frente.

Bolt se convertía, así, en el gran rey de los juegos con permiso de otro monstruo, el tiburon
Phelps. El debate prosigue: ¿son las tres medallas en pista de Bolt comparables con las 8 de Phels en el cubo? Lo que está claro es que ese debate existe. La nueva gran estrella de la velocidad tiene sólo 22 años y aunque, parezca mentira, nuevos retos. Su entrenador dice que será capaz de bajar de los 9.60 y para el crono en 9.58, mientras que para el 200 su objetivo es rebajar los 19 segundos. Son dos marcas, hasta la irrupción de Bolt, inalcanzables para la especie humana. Sin embargo, el halcón peregrino, guepardo y pez vela temen su llegada. Y todavía se plantea los 4oo. Su proyección no se acaba.


Bibliografía utilizada:


http://es.wikipedia.org/wiki/100_metros_(atletismo)
http://es.wikipedia.org/wiki/Usain_Bolt http://www.abc.es/20080822/deportes-olimpiadas/jamaica-bate-record-mundo-200808221622.html


viernes, 9 de enero de 2009

Haile Gebreselassie, el Rey del Fondo.


Probablemente, si Haile Gebreselassie hubiera dominado el fútbol, el baloncesto o incluso otra prueba de atletismo más espectacular (como los 100 metros lisos) de un modo tan abrumador como lo hizo con el fondo en pista y como lo hace ahora con la maratón, se hablaría de él como uno de los más grandes deportistas de todos los tiempos.

Nacido en Arsi, Etiopía, en 1973, Gebreselassie, de padre granjero y 9 hermanos, tuvo una infancia marcada por la miseria y la pobreza, algo habitual en su país. No menos habituales son las espléndidas condiciones atléticas de que la genética dota a muchos de los nacidos en esa zona de África, especialmente para las carreras de larga distancia o “fondo”. Pero Haile era especial. Era el mejor entre los mejores. Conseguía, ya desde muy joven, arrasar a los africanos del mismo modo que tantas veces hemos visto a estos ridiculizar a sus competidores blancos.
Ya con 9 años, Gebreselassie iba corriendo a la escuela, que estaba a unos 10 kilómetros de su casa. Su primer triunfo lo consiguió en 1993, al lograr el Campeonato del Mundo de 10.000 y el subcampeonato en la prueba de 5.000. Era el principio de un dominio que duraría una década. En ese periodo, el atleta etíope logró dos medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Atlanta '96 y en Sydney 2000, así como 6 medallas en Campeonatos del Mundo. Gebreselassie partía como indiscutible favorito en todas las pruebas en las que participaba, y jamás fallaba. Numerosos fueron los espléndidos atletas a los que se enfrentó. Tuvo que hacer frente a estrategias de desgaste de sus rivales, en especial los kenianos, pero siempre reinó con maestría. Ganó en carreras lentas, en otras vertiginosas. Ganó atacando desde lejos o cambiando de ritmo en el último 400. Ganó siempre. Y por supuesto estableció innumerables plusmarcas mundiales. Su reinado, en pruebas de tanto desgaste, es difícilmente comparable a ningún otro en la historia del atletismo.
Gebreselassie fue elegante en todo momento. Y lo fue muy especialmente en el mundial de París, en 2003. Su discípulo, el joven Kenenisa Bekele, era ya más rápido que Haile. Bekele, sin percatarse, dejó descolgado al gran Gebreselassie. Al darse cuenta, Bekele aminoró su ritmo para esperar a Haile, pero este le ordenó con la cabeza bien alta que atacara. Bekele fue oro. Gebreselassie, plata. El príncipe Bekele era ahora rey. Gebreselassie le había coronado con aquel precioso gesto.
Pero aquel no era el fin del gran Haile. Tenaz, se pasó a la maratón. Y todavía hoy, con 35 años, arrasa en la prueba más dura del mundo, en la que ostenta el récord mundial, resultando tan imbatible como lo había sido en el 5.000 y el 10.000. Además, Gebreselassie ha recibido
prestigiosos galardones, tanto por su calidad como deportista como por su elegancia en el aspecto humano. Entre ellos destaca el Premio de la Academia Francesa del Deporte.
Bibliografía utilizada:

jueves, 8 de enero de 2009

Segei Bubka, el hombre de los 35 récords






























“Bubka no salta. Vuela. Todos los demás saltamos, pero si quieres competir con él tienes que estar preparado para volar”. Con esta frase del pertiguista bielorruso Dmitriy Markov definió como nadie a Sergei Bubka, en una entrevista concedida a un periódico australiano.

Sergei, nacido en la Ucrania soviética, es sin duda el mejor saltador de pértiga de todos los tiempos. Un simple dato es suficiente para sostener una afirmación a priori tan atrevida: 35 récords del mundo. Esa astronómica cifra fue alcanzada por el saltador soviético durante su dilatada carrera.

Bubka, nacido en Voroshlilovgrad (actual Ucrania) el 4 de diciembre de 1963, ganó ya con solo 20 años (1983) el Campeonato del Mundo en Helsinki, en lo que supuso una gran sorpresa. Un año después, en 1984, el ucraniano logró batir el récord mundial 9 veces, 4 en pista cubierta y 5 al aire libre.


Bubka continuó batiendo, centímetro a centímetro, sus propias plusmarcas. Además de los 35 récords a los que ya se ha hecho referencia, Sergei consiguió un oro olímpico (Seúl '88) y seis victorias en sendos campeonatos del mundo, algo que tampoco ha sido superado hasta la fecha.

Bubka ha recibido numerosas condecoraciones. Entre ellas, recibió el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes. Hoy es miembro destacado del Comité Olímpico Internacional.




Bibliografía utilizada:


http://budka.galeon.com/bubka.html


http://reyesdeldeporte.blogspot.com/2006/06/sergei-bubka-el-zar-de-la-pertiga.html


http://www.fundacionprincipedeasturias.org/esp/04/premiados/trayectorias/trayectoria193.html


http://lifestyle.iloveindia.com/lounge/sergei-bubka-2384.html


http://sports.jrank.org/pages/694/Bubka-Sergei--Bubka-Does-Jump-He-Flies.html

domingo, 23 de noviembre de 2008

Coe y Ovett: La Rivalidad.
























Muy de vez en cuando se dan historias de piques y rivalidades que hacen el deporte muchísimo más emocionante y trascendente. Claros son los ejemplos de Senna y Prost en automovilismo, de McEnroe y Lendl en tenis o de Larry Bird y Magic Johnson en baloncesto. Estas rivalidades adquieren aun mayor magnitud cuando además del espectáculo deportivo, enfrentan a personalidades opuestas. Consiguen movilizar masas. No dejan indiferente a nadie. Ni siquiera a aquellos a quienes el deporte en sí mismo no les interesa demasiado. La gente toma partido en la pugna entre dos maestros. Igual que uno es de los Rolling o de dos Beatles, de Pepsi o de Coca-Cola, de derechas o de izquierdas.

Uno de los más grandes ejemplos de este tipo de rivalidades en toda la historia fue la que protagonizaron los mediofondistas Steve Ovett y Sebastian Coe a caballo entre la década de los 70 y los 80. Ambos eran británicos, pero ahí terminan las coincidencias entre uno y otro. Ovett, de origen humilde, era un portento físico, con una gran personalidad, en las pistas y fuera de ellas. Coe, un atleta forjado a medida por su padre, era un tory confeso, de buena familia del barrio de Chelsea y partidario acérrimo de Margaret Thatcher. Ovett, de clase obrera, nacido en Brighton, exhibía con orgullo una camiseta roja con la hoz y el martillo que le había regalado un corredor soviético. El uno, Coe, dominaba las relaciones públicas y era lo que hoy llamaríamos un atleta mediático. El otro, Ovett, estaba peleado con la prensa y tenía una personalidad menos brillante en la apariencia, aunque probablemente más compleja en realidad.

Los Juegos de 1980 estuvieron marcados en lo deportivo por los dos enfrentamientos entre Coe y Ovett. Con una situación internacional tan complicada como la que se vivía a principios de aquella década. Con la Guerra Fría muy candente, los Juegos de Moscú parecían destinados al fracaso, dado el bloqueo de potencias deportivas como Alemania o China. Sin embargo, las hazañas deportivas de los soviéticos Ditiatin y Salnikov, y sobre todo de Seb Coe y Steve Ovett, salvaron al atletismo, y probablemente (tal y como defiende en su genial artículo “La carrera de todos los siglos” Santiago Segurola en El País) salvaron también la Historia de los Juegos Olímpicos.

Tal era la fuerza de la rivalidad entre Coe y Ovett, que esta se rebeló contra el boicot de Margaret Thatcher primero (la mandataria pretendía que los atletas británicos no acudieran a los Juegos) y contra el de los medios de comunicación americanos despúes. La ABC, que no había transmitido ninguna competición de aquellos Juegos, ofreció en directo, ante la expectación generada, la final de 1.500. Citando de nuevo a Segurola: “No había gobernantes, poderes fácticos, intereses de cualquier clase, que pudieran con el impacto de aquellos dos atletas”.

Ambos habían batido numerosos récords y no cabía la duda de que eran los atletas del momento y que, por lo tanto, estaban llamados a ser los atletas de los Juegos de Moscú. Y respondieron a las expectativas. Su enfrentamientos en los 800 primero, con victoria para Ovett, y en los 1500 metros después, donde triunfó Coe, resultaron históricos. Era la victoria del deporte frente a un mundo dividido y enfrentado.



Bibliografía:

http://leonafricano.blogspot.com/2006/10/rivalidades-deportivas-cap-9-steve.html


http://www.elpais.com/articulo/deportes/COE/_SEBASTIaN/OVETT/_STEVE/rivalidad/Coe-Ovett/pugna/comercial/elpepidep/19810830elpepidep_3/Tes/


http://www.mundoatletismo.com/Site/leyendas/historicodeleyendas/coe.html


http://www.elpais.com/articulo/deportes/carrera/todos/siglos/elpepidep/20050801elpepidep_9/Tes/


http://www.biografiasyvidas.com/biografia/o/ovett.htm


http://www.buzzle.com/editorials/5-21-2004-54434.asp


http://www.mundoatletismo.com/Site/biografias/02192b9a44106710d.html

domingo, 9 de noviembre de 2008

Bob Beamon, el gran salto


Ocho meses y dos días antes de que el hombre diera el gran paso para la historia de la humanidad, otro gran salto se producía. No era ningún avance de la ciencia pero, en México el norteamericano Bob Beamon volaba hasta los 8 metros y 90 cm. Eran las cuatro menos cuarto del dieciocho de octubre de 1968.

Bob Beamon había nacido el 29 de agosto de 1946 en New York. Su carrera deportiva la inicia cerca de su casa en el Jamaica Hight School para después recalar en el Agricultural and Technical College de Carolina del Norte. Más tarde forma parte de los equipos de atletismo de la Universidad de Texas y de la Universidad Adelphi. Y sería en esta última donde comienza a competir en la especialidad de la longitud. Una prueba que, posteriormente, le granjearía una de las proezas más grandes del siglo XX.


Bob Beamon debutaba en unos Juegos en 1968. El escenario era México y los rivales eran, por su parte, muy complicados. Estaban presentes los dos anteriores campeones olímpicos: Lynn Davies y Ralph Boston, ganadores en Tokio y Roma respectivamente. Este último, además, poseía el récord olímpico con sus 8,12 m que le había dado el oro en 1960 y ostentaba la plusmarca mundial con un registro de 8,35 m. A pesar de todo ello, Beamon llegó a su gran cita como el gran favorito al triunfo después de ser el gran dominador del año. Había ganado en 22 de las 23 reuniones atléticas. Así, la competición se presentaba con muchos alicientes para resultar interesante y atractiva. El objetivo: suceder a Davies en el trono olímpico.


La entrada en escena de los saltadores se produjo en la calificación del día 17. Beamon estaba nervioso e incómodo. Se notaba que la importancia de la cita parecía poder con él. De hecho, en sus dos primeros saltos hizo sendos nulos. El gran favorito estaba contra las cuerdas y sólo contaba con un intento más para acometer el salto que le metiera en la final del día siguiente. Ante este panorama, su compatriota Boston se le acercó y le aconsejó que saltara varios centímetros antes de tabla. Así lo hizo. Batió el salto entre 15 y 30 cm antes de la linea, hecho que no le impidió estar en la final. Se había ido en este último intento hasta los 8,19 m. Un salto tan importante para la historia como el del día siguiente, ya que sino hoy no hablaríamos de Beamon.


Beamon había entrado en la final in extremis. Una prueba la del 18 de octubre que contaba con dieciséis saltadores, de los cuales, tras los tres primeros saltos, los ocho mejores entrarían en la mejora pudiendo realizar hasta seis intentos en la final. De esta forma, llegó el gran momento. Corrían las cuatro menos cuarto en una tarde agradable con 23,5ºC y 2 m/s a de viento a favor sobre el estadio olímpico universitario de Ciudad de México, cuando Bob Beamon, calzado con sus Adidas, se disponía para realizar su primer salto de esta ansiada final. Contrariamente a lo sucedido el día anterior ocurrió lo impredecible. Un salto sobrehumano. Ante este hecho, el estadio se zambulló en una perplejidad absoluta. El mecanismo para la medición no estaba preparado para estos sobresaltos por lo que se recurrió a un metro manual. Dos minutos después, la incertidumbre se tornaba en incredulidad. La notificación de los jueces era de 8,90 m, un salto que parecía transgredir los límites del ser humano. Sobrepasaba en 55 cm la plusmarca anterior. Beamon no sólo se sabía ganador de su principal objetivo: el oro olímpico, sino el poseedor de una marca que tardaría tiempo en olvidarse y superarse. Lo había conseguido, además, en la cita marcada: una final olímpica.
Al instante, Beamon se lanzó al suelo desatado por la euforia y comenzó a besar la tierra. Inmediatamente otros atletas se acercaron para felicitarle. El campeón olímpico hasta esa fecha, Davies, dijo que había destruido la prueba y que el concurso había terminado. En un solo salto la final había quedado finiquitada.

El salto de Beamon fue como él señaló inexplicable: "Me han preguntado que si una misteriosa corriente de aire me ayudó en el salto. Miro detrás de mí y nunca veo nada. Sólo puedo repetir que en México, por la altitud, nunca hay viento. Sí digo, en cambio, que al nivel del mar no hubiera llegado tan lejos". Beamon solía saltar de dos formas diferentes, las cuales las puso en práctica en la final: una con los brazos entre sus piernas entreabiertas(imagen derecha) y la otra con los brazos pegados al cuerpo, que es con la que consiguió su proeza (imagen izquierda).

A pesar de lo que dicen algunas fuentes, Beamon realizó otro salto más en el que sólo alcanzo los 8,04 m, pero ya no importaba. La historia olímpica contaba ya con una de sus más importantes gestas.

El norteamericano, ahora sí, ya no volvería a saltar. Había ascendido hasta el olimpo de los dioses y no contaba con ninguna motivación para proseguir con su carrera. Aquel salto le había dado todo en el deporte: "Después de aquella marca tan fabulosa dejé de sentir la motivación para seguir saltando. Mi propósito fue encontrar algo excitante fuera del deporte. Para cualquier número uno es difícil seguir, como le pasó a Mohamed Alí, para mí el mejor deportista de todos los tiempos. No he conocido a ninguna persona en el mundo que no supiera quién es".

Bob Beamon, por tanto, dejaba para los anales un salto sobrehumano. Su vigencia duraría algo más de dos décadas, hasta que en 1991, Mike Powell, actual plusmarquista, alcanzara los 8,95 m. Sin embargo, hasta la fecha sólo Powell ha sido capaz de vatirlo. Ahora, sólo nos queda por ver si alguien sobrepasará de nuevo los 8,90 m. No cabe duda, que, exceptuando los excepcionales Beamon y Powell, es un récord del siglo XXI.


Bibliografía utilizada:


http://i3.photobucket.com/albums/y99/Piropillos/Beamon_deporte92.jpg








martes, 21 de octubre de 2008

Paavo Nurmi, el mejor atleta olímpico de la historia



La ciudad belga de Amberes se preparaba para acoger los quintos Juegos Olímpicos de la era moderna. Se trataba de un premio al sufrimiento belga en la Gran Guerra. En este contexto va a entrar en escena el que ha sido durante 88 años el mejor deportista olímpico de la historia, sólo superado por la sobrenatural aparición en Pekín del nadador de Baltimore, Michael Phelps, además de la gimnasta ucraniana Larisa Latynina. Comenzaba en 1920 una década marcada por la entrada en escena de atletas finlandeses,más conocidos como Flying Finns. Ellos serían los reyes del fondo y medio fondo durante algo más de una década. Uno de ellos, Paavo Nurmi, era un joven de 23 años de Turku, de zancada regular y que corría siempre con un cronómetro en mano. Sabía que si seguía sus tiempos de entrenamiento nadie sería capaz de batirle. Y así sucedió en tres disciplinas: 10000 m, cross country y cross country por equipos. Sólo en los 5000 sería superado por otro exponente de esta gran generación finlandesa, Hannes Kolehmainen. Además de estas cuatro medallas, que le convertían hasta la fecha en el deportista con más metales olímpicos, contribuyó para que Finlandia se aupara en el cuarto lugar del medallero.

Cuatro años más tarde Nurmi volvía a tener otra cita con la historia. París recibía unos Juegos Olímpicos veinticuatro años después del desastre de 1900. Unas olimpiadas en las que Paavo Nurmi confirmó su dominio en el medio fondo. No sólo igualo su participación anterior sino que la superó llevándose nada menos que cinco medallas de oro. Pero la cosa no queda ahí, sino que el 10 de junio de 1924 estaban programadas las finales de 5000 m y 1500 m con poco menos de una hora de diferencia. Nurmi lo sabía, se había entrenado para ello y consiguió su objetivo con sendos records del mundo sobre la pista parisina de Colombes. Había ganado asombrando al mundo. Tanto es el mérito que ningún atleta consiguió emular a Nurmi ganado el oro en estas dos especialidades hasta hace tan sólo cuatro años, cuando el marroquí Hicham El Guerrouj tras vencer en Atenas en su especialidad del 1500 m y logró imponerse a Bekele en el 5000 m. Asimismo, se colgó por primera vez el oro en los 3000 y revalidó su título en las dos carreras del cross country. A pesar de ser el rey indiscutible de estos juegos, algunos pusieron en duda su renuncia a participar en los 10000 m, prueba que había ganado cuatro años antes. Nurmi había argumentado una no participación por decisión técnica, pero la rumorología de la época apuntaba a que se era al actual recordman de la especialidad, el finlandés y su máximo rival a partir de ahora, Wille Vitola el que le generaba dudas. Nurmi lo sabía y quizás por eso prefirió concentrarse en otras disciplinas en las que no tuvo rival. Mientras tanto Vitola sucedería a Nurmi en los 10000 m estableciendo a su vez un nuevo record mundial. Así pues, Paavo Nurmi salía más que reafirmado y fortalecido de los que serían sus mejores juegos.

Sin embargo, sus miras no habían acabado. En 1925 se trasladó a EE.UU. donde emprendió una gira en la que únicamente cayó derrotado en tan sólo una carrera. Triunfo tras triunfo prosiguió así su exitosa carrera. Pero de nuevo su cita más esperada serían los Juegos Olímpicos de 1928, esta vez en Ámsterdam. El "fines volador" quería ganar el 10000 m. Quería resarcirse de la cita de Paris venciendo a su máximo adversario, como no, su compatriota Ritola. Y volvió a alcanzar su objetivo. Consiguió reconquistar el cetro perdido ganándole holgadamente. Se había quitado su única espina clavada. Este sería a la postre su único oro de los juegos. No logró revalidar sus títulos de 3000 m y 5000 m, siendo derrotado en esta última por el único que podía hacerlo, Wille Ritola. Para Nurmi desde luego fue una decepción, pero es indudable que en Ámsterdam con estas tres nuevas medallas había alcanzado los 11 metales. Un hito al alcance de muy pocos: Paavo Nurmi, Larisa Latynina y Michael Phelps.

A partir de aquí las apariciones del "fines volador" fueron escasas. Tras los juegos emprendió otra gira por EE.UU. en la que cobró algo de dinero. Esto tuvo consecuencias: su no participación en los juegos de Los Ángeles de 1932 por ser considerado deportista profesional, algo que no permitía el reglamento. Así, dejó las pistas de atletismo para retomarlas en 1952. Eran sus juegos, en su país. La ciudad de Helsinki acogió los XII de la era moderna y Paavo Nurmi, como deportista más grande que había surgido del país escandinavo, fue el escogido para encender el pebetero olímpico. Un homenaje de masas para este héroe nacional.

En 1973 recibiría su último adiós en un funeral de estado. La llama de Nurmi se apagó un 2 de octubre de 1973. El mejor atleta olímpico de la historia paraba su cronometro.

Bibliografía utilizada:

http://sp.beijing2008.cn/spirit/pastgames/halloffame/n/n214378458.shtml

http://www.elmundo.es/elmundodeporte/especiales/2008/08/jjoo2008/viejas_glorias/atletismo/nurmi.html

http://www.biografiasyvidas.com/biografia/n/nurmi.htm

http://es.wikipedia.org/wiki/Paavo_Nurmi